QUEDATE EN CASA

Quédate en casa. Se responsable.

Es una orden fácil ante una amenaza real como es el Covid-19.

¿Pero que sucede cuando no tienes una casa? Posiblemente no lo hayas pensado.

La cruz roja si lo ha hecho y así ha llamado a su campaña en este estado de alarma. Activistas, Cruz roja, ayuntamientos y ONGs han presentado soluciones temporales.

Los residentes de la calle solo han podido acceder a algunas de ellas.

De la mano de aquellos que cada día salían a proporcionar lo poco que tenían. Intentando protegerlos. Intentando al menos, mantenerlos informados de un mundo que funciona en paralelo a sus vidas. 

Ilia, es un joven de origen ruso que fue desalojado de su habitación que tenía alquilada en plena cuarentena por su casero. Perdió así su techo y su trabajo.

Entrando de la noche al día en el “out of order” mundial. Su derecho a una ayuda de pago único de 400€ como damnificación, se esfumó en el momento en que le exigieron una cuenta corriente donde recibirlo.

Cuando alguien no tiene ni nomina, ni dirección propia, ni siquiera documentación (se la robaron su primera noche en la calle) no puede abrir una cuenta bancaria.

“ Que le digo, que es la tercera tienda en el callejón detrás del parque X?” se pregunta.

Sigue estando fuera de cualquier oportunidad para poder participar en ella.

Carlos si pudo percibir la ayuda. Tuvo una experiencia diferente.

Con residencia fija en el parque desde hace años, es ya un vecino más. Fue aconsejado por la SAUS y la policía de ir a pasar la cuarentena en un albergue preparado temporalmente en el barrio de la Malvarrosa.

Un mes después fue trasladado al centro improvisado del barrio de La Petxina. A su disposición tenían psicólogos, trabajadores sociales, asistencia medica, comedor y vigilancia entre otros varios servicios y una única condición. Si decides salir del albergue no puedes volver a entrar.

Cuando se levanto la alarma, el edificio de acogida volvió a su función original. Unas oficinas. Tenia que decidir entre hacer un nuevo traslado o seguir por libre.

Su sensación fue la estar bajo un control estricto. “Imagínate, alguien que esta en la calle no le gusta estar encerrado, sin posibilidad de movimiento, de esa libertad. Para mi ha sido como escondernos, como una cárcel encubierta”.

Decidió seguir por libre y volvió a su puesto de origen en el parque.

Denis y Anna viven en el río, hace ya cuatro años, allí tienen la paz que necesitan, un lugar desierto durante la cuarentena, de silencio, cuando nos metimos todos en casa.

No daban crédito al pensar que habían elegido bien su ubicación para vivir, pero todo no era tan bonito.

La policía les obligó a salir de debajo del puente para que se reubicaran en la ciudad. “Tenemos un perro. Así que del albergue olvídate”.

Tuvieron que buscar su hueco en la calle y fue horrible.”

Mucha de esa gente que salía al balcón con aplausos y luego cacerolas nos insultaba en la calle y nos gritaba que nos fuéramos de su portal, o su calle. Esa que ni siquiera podemos pisar”.

Desobedeciendo las ordenes por su bienestar moral, volvieron a su puente, y no quisieron moverse más de allí.

Existe además otra problemática.

Ser mujer y dormir vulnerablemente en la calle. Mala, una joven americana de unos veinte y pocos años o Magdalena, de nacionalidad rumana, viven solas y por separado en la ciudad.

Durante el encierro se sintieron más seguras en la noche y como bien sabemos, esto puede ser una pesadilla para el género femenino.

Poder descansar y vivir en la calle durante el confinamiento era diferente y lo que más les estremecía era ese silencio del que se había apoderado la ciudad. Podían descansar mejor al haber menos peligros alrededor. Desde el primer día de la fase uno, cuando los bares empiezan a cerrar, volvieron a sentir la misma inseguridad.

Un viejo problema para un “nuevo” mundo. Este mundo nuestro que como una pescadilla que se muerde la cola, es incapaz de avanzar con rotundidad en materias oficiales y humanas.

Un mundo donde si no entras en los cánones sociales y económicos que dominan esta sociedad no existes. Existe además otra problemática. Ser mujer y dormir vulnerablemente en la calle. Mala, una joven americana de unos veinte y pocos años o Magdalena, de nacionalidad rumana, viven solas y por separado en la ciudad. Durante el encierro se sintieron más seguras en la noche y como bien sabemos, esto puede ser una pesadilla para el género femenino. Poder descansar y vivir en la calle durante el confinamiento era diferente y lo que más les estremecía era ese silencio del que se había apoderado la ciudad. Podían descansar mejor al haber menos peligros alrededor. Desde el primer día de la fase uno, cuando los bares empiezan a cerrar, volvieron a sentir la misma inseguridad.

Cruz roja ha colaborado con 64 asambleas locales, o centros de acogida de gente sin techo, sólo en la ciudad de Valencia durante este estado de alarma. Han atendido a más de 700 personas por día, proporcionado dos raciones de comida diarias por persona. La asociación Amigos de la calle, junto a la asociación Bocatas, han pasado de salir todos los domingos del año, a hacerlo diariamente hasta que se pasó a la fase 1. Todos los entrevistados coinciden en que desde que se cambió de fase, ya no han recibido tanta ayuda como hasta ese momento había estado ocurriendo. El problema de la epidemia casi se ha solucionado. La vida ha vuelto a su normalidad o a esa falsa normalidad en la que creemos estar.

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